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Heroe a la fuerza
Escrito por talalo   
lunes, 03 de abril de 2006 a las 10:43 horas

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Heroe a la fuerza

¿Animal, vegetal o mineral? Como en el juego de adivinanzas, esta puede ser la primera pregunta que viene a la cabeza cuando en la pantalla aparece un primer plano de la cara de Buster Keaton. Es ya una leyenda la impertérrita expresión de su rostro, lo mismo que la capacidad para las acrobacias más arriesgadas que ejecutaba temerariamente en sus películas sin usar los servicios de especialistas. Pero estas dos características no son más que la fachada tras la que se encontraba uno de los mayores innovadores formales que se trabajaron en los estudios de aquel Hollywood legendario y mudo. Compañías que acogieron a talentos de la talla de Charles Chaplin, David Wark. Griffith, Harold Lloyd, Erich Von Stroheim, Fiedrich W. Murnau (en su exilio estadounidense) o Ernst Lubitsch, entre otros muchos.



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John Francis Keaton, hijo de actores de vodevil, nacido en 1895 en un pueblecito de Kansas, nunca se pregunto qué quería ser de mayor, directamente pisó los escenarios sin ser consultado antes de, ni tan siquiera, cumplir el primer año de vida. De hecho, cuenta la leyenda, que debe su nombre de guerra, Buster, al famoso escapista Harry Houdini, que así lo bautizó tras verle ser zarandeado en el escenario por sus padres durante una gira de variedades en la que coincidió con el matrimonio Keaton. Eran premonitorios estos ajetreados "primeros pasos" del neonato artista con lo que, más adelante, sería el devenir de su vida artística y privada.

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Buster Keaton entró en el mundo del celuloide de la mano de Roscoe "Fatty" Arbuckle con el que comenzó a colaborar en 1917 en las típicas comedias de golpes y carreras (slapstick) que se rodaban en Nueva York en aquellos años y en las que el orondo personaje destacaba por su popularidad. Prueba de la fascinación que ejerció sobre Keaton el aún naciente arte del cinematógrafo, así como la libertad existente en un medio de expresión que todavía no se había convertido en una industria floreciente, fue que ese mismo año tuvo la oportunidad de dirigir su primera película, The rough house.

Pero sería a partir de 1920, cuando la famosa productora californiana Paramount se lo llevara a Hollywood, que Buster empezaría a demostrar el genio que se escondía detrás de aquella máscara de impasibilidad que comenzó a hacerse popular en los felices años veinte. Es entonces cuando ya comenzó a fraguarse aquella artificiosa competencia, inexistente en la realidad, con el otro de los dos creadores más grandes dentro del género cómico, Chalie Chaplin. Lo que sí fue evidente, aparte del genio creativo que ambos compartían, fueron las dos formas con las que afrontaban el reto de hacer reír a los espectadores de aquellas sesiones mudas amenizadas por los acordes del inevitable pianista.

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Por un lado, Chaplin con un sentido del humor más directo, que combinaba magistralmente la risa con la ternura y en ocasiones el melodrama. En el otro, Keaton arrancaba la admiración de los espectadores con sus acrobacias inverosímiles (en las que se encargaba a conciencia de que quedara claro que era él mismo el que las ejecutaba) y una sonrisa que nacía más de la ironía y la sutil utilización de los recursos visuales del cine. Al margen de estas consideraciones, lo que está claro es que muy pocos cineastas han conseguido en un periodo de 9 años (hasta que la Metro Goldwyn Mayer se hiciera con sus servicios) realizar una serie de largometrajes en los que definiera de una manera tan personal e innovadora una manera de entender un séptimo arte que ya nacía como una industria pujante.

La lista de obras maestras de Keaton se iniciaba con "Las tres edades" una parodia de la aclamada "Intolerancia" de David Wark Griffith. Si en esta el genio de Griffith narraba una historia de lo trágico de la vida debido a esa intolerancia que acompaña al hombre a lo largo de la historia (estaba ambientada en Babilonia, Palestina en tiempos de Jesucristo, la Francia de la matanza de los hugonotes y en los Estados Unidos de entonces), Keaton describió las diferentes vicisitudes del chico que persigue a la chica y ha de enfrentarse a todo el mundo, incluido un Wallace Berry que encarnaba a su rival por el amor de la chica en la prehistoria, en tiempos de los romanos y en la época moderna. Impagables escenas hacen de esta película memorable, como en la que aparece con la mirada fija en el horizonte cabalgando un diplodocus como quien conduce un coche o la desternillante escena de la carrera de "cuadrigas". En definitiva, Keaton con esta película fue precursor de la aparición, muchos años más tarde, de esas películas que parodian los géneros cinematográficos como las ya clásicas "Aterriza como puedas" "Top Secret" o "Agárralo como puedas".

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A "Las tres edades" le siguieron una serie de diez impagables largometrajes en los que Keaton dejó bien patente su capacidad humorística y cinematográfica. De entre estos, destacaría entre mis favoritas, no necesariamente las mejores, "El maquinista de la General", bueno esta sí que se puede decir que es la mejor y no precisamente porque lo diga yo. No se puede reasltar nada que no esté ya dicho acerca de esta obra maestra. Sencillamente, cualquier momento es bueno para verla de nuevo o, mejor aún, verla por primera vez, porque es sorprendente lo actual y fresca que se conserva setenta y nueve años después de su estreno.

Otra de mis preferidas es "El moderno Sherlock Holmes" la más original de todas las que hizo y a la que, el mismo Woody Allen, rindió homenaje con "La rosa púrpura del Cairo". En este largometraje Buster encarna a un proyeccionista de un cine que, en cierto momento se mete en la película que se ofrece en la pantalla, dando lugar a una serie de gags visuales en los que destaca la habilidad para el montaje que tenía Keaton.

Y para terminar con mis favoritas, me quedo con "El cameraman", la última película en la que disfrutó de una libertad creativa que la Metro se encargó de frustrar, lo que motivó que, tanto su carrera profesional como su vida privada, entraran en un descenso hacia el olvido del público y de la crítica que le ignoró sistemáticamente hasta que, en los años sesenta, la gente de "Cahiers du Cinema" se encargara de reivindicar su figura como cineasta. El caso es que esta película resume perfectamente lo que fue en esencia el cine de Buster Keaton, en la que el protagonista se convierte en héroe a la fuerza cuando, para impresionar a una mujer, se mete en mil y una peripecias desternillantes que rozan el absurdo o el surrealismo, con acrobacias, acción y gags que todavía siguen arrancando carcajadas a los afortunados que la ven hoy. Aunque para ello haya que tener en DVD una copia de este u otros largometrajes o asistir a la emisión en algún canal televisivo que cuente con un encargado de la programación con el sentido común y el buen gusto para incluirla en la parrilla televisiva.

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"Cara de palo" o "Pamplinas", sobrenombres por los que también se le conoció, moría en 1966, justo cuando se empezaba a hacer justicia a su labor de cineasta con mayúsculas. A ese creador que había sacado partido a las limitaciones técnicas del cine mudo, no solo las del sonido, sino también las del escenario y que hasta 1959 no recibió el reconocimiento de la industria hollywoodiense en forma de un Oscar honorífico. Por suerte, nos quedan sus películas sin voz, esas obras que no tenían mayor pretensión que hacer pasar un rato agradable pero que han sido un ejemplo a seguir para otros colegas de la reconocida valía de Jacques Tatí, cuya "Traffic" bién podría haberla firmado Keaton. O Blake Edwards, quien ofrecía su personal homenaje al actor de cara imperturbable en "El guateque" con un personaje encarnado por un heredero directo del genio del cine mudo, Peter Sellers (impagable la escena de la voladura del escenario de un rodaje, al principio de la película, reproducción exacta de otra que Keaton filmó cuarenta años antes).

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